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TIC que no tics

Sé que los potenciales lectores de esta reflexión son profesionales que están en la red, que manejan las nuevas tecnologías y puede que les cueste un poco ponerse en la piel de otros compañeros que están algo más lejos de las TIC.

Cuando empezaba mi carrera profesional,  un buen amigo me contó algo que me dio mucho que pensar. Resulta que muchos de sus compañeros ingenieros de caminos estaban siendo contratados por una consultora (Arthur Andersen; sí, esa del escándalo de Enron) y que eran preferidos a muchos recién egresados de económicas, empresariales, etc.

Años más tarde, algo que en apariencia nada tienen que ver con lo que acabo de comentar, cuando mi segunda hija cursaba 6º de Primaria, estaba deseando que acabase su formación en el colegio, por lo demás un estupendo y recomendable centro.

Las dos poderosas razones de por qué la consultora elegía ingenieros de caminos eran que sabían suficientes matemáticas y que habían desarrollado una gran habilidad, lo que hoy vendríamos en llamar resiliencia, capacidad de sobreponerse a la adversidad. Para los más jóvenes, informo que, en su momento, muchos estudiantes tenían que cambiar de Escuela  superior para acabar las asignaturas “malditas” de la que habían elegido primeramente y habían aprendido a soportar y superar estoicamente una poderosa carrera de obstáculos que históricamente suponía esa ingeniería.

Siempre me pregunté qué sentido tenía todo esto, más allá del evidente buen perfil que la empresa había encontrado en estos  futuros profesionales. Pensaba, por ejemplo, qué desperdicio de tiempo, seis, siete u ocho años de matemáticas, sí, pero también de dibujo, de resistencia de materiales, de estructuras, etc. para aprovechar una competencia desarrollada lateralmente. El estado, las familias y las personas invirtiendo un capital precioso para acabar analizando cuentas de resultados. Eso sin contar con que, además,  es muy probable que lo buscado por la auditora se encontrara mejor por otras vías.

El caso familiar es más sencillo. Mi hija, como una parte de los de su cohorte de edad, estuvo durante los dos últimos cursos de Primaria inmersa en un programa donde todo se daba a través de miniordenadores portátiles y plataformas digitales. No escribía en papel, no había cuadernos, prácticamente sólo se hacían ejercicios y tareas de las actividades programadas, apenas había espacio para la creación y sus profesores, abducidos por y para la tecnología que estaban manejando (había que aprender y seguir aprendiendo), ni se paraban  a pensar que tenían niños con más necesidades. Y mira que eran majos y competentes.

Confío en que la situación de estos enseñantes no sea la más habitual porque empezaron algo, abrieron un camino que, de alguna manera, los desbordó. Pero no olvidemos que las nuevas tecnologías son un pozo sin fondo donde aprender y mejorar no tiene límites.

¿Y? Se preguntarán, ¿a qué viene todo esto?

Hablamos de competencia digital del educador, del profesor, del maestro, del enseñante. Llámenlo como más les guste y como mejor encaje en su paradigma de cómo entienden la enseñanza, la educación en general. Yo soy uno de ellos. Hablaré, pues, en primera persona del plural.

Sí, debemos tener y mantener una buena competencia digital, debemos entender y conocer qué hay, qué recursos tecnológicos existen y saber emplearlos. Pero no olvidemos que lo importante no es ahondar en su conocimiento, sino en qué materiales hay o produzco (no en la forma, sí en el contenido), dónde puedo encontrarlos, comprobar si resultan, si mejoran o no los aprendizajes, si  mantienen la motivación y, sobre todo, que sirvan para aprender, para ser  creativos, que les ayude a mantener la ilusión por conocer y estar activos.

Me temo que es costumbre habitual que los enseñantes nos formemos a costa de nuestro tiempo aunque nuestra labor sea exclusiva para quien trabajamos. No debería ser así y habría que poner cierto empeño en que las cosas fuesen cambiando en este aspecto.

En los cursos TIC se pone bastante énfasis en ahondar en los productos tecnológicos como páginas web, plataformas digitales, editores de audiovisuales,  blogs, paquetes “scorm”, etc. hasta el extremo de que nos permitan saber hacerlo prácticamente casi todo. Así, en un centro, tendríamos profesorado que mantuviese la página web, que activase los blogs, las comunicaciones con padres y alumnos, etc.

Permítanme que comente otra experiencia personal. En los primeros años de los años 80, empezaban a darse cursos de programación para los primeros ordenadores portátiles. Nada, en 400 horas aprendías a ser un “manitas” de la informática. Y yo, que tenía un amigo en ciernes que había estudiado varios años para ser informático, me preguntaba sobre qué desperdicio de carrera era la suya si yo en esas horas era capaz de empezar a manejarme en aquel mundo y en poco tiempo más aplicarlo en el aula de manera solvente.

Las administraciones, como cualquiera, quieren ahorrar dinero, porque entre otras cosas, deben administrar el de todos; pero puede que, viéndolo desde una perspectiva más amplia, lo que hagan es desperdiciar recursos y formación y, en bastantes casos, generar frustración en una parte de los docentes, añadiendo más motivos para aumentar el descontento delos mismos.

Y sí, hacemos lo que la consultora con los ingenieros, desperdiciar años de formación de personas que saben de otras cosas para ponerlos a trabajar en algo para lo que no estaban pensados. Y sí, nos puede pasar lo que a los maestros de mi hija, que un tanto desbordados por las nuevas tecnologías descuidemos otras competencias que también necesita nuestro alumnado. Y sí, puede que hayamos hecho cursos que no podamos aplicar porque no tenemos tiempo para ponerlos en práctica o porque los recursos tecnológicos sean insuficientes o porque esas tecnologías  gratuitas con las que dimos los primeros pasos ya no están disponibles.

Puede que caigamos en la tentación de formar manitas para sustituir a profesionales y personas que están formadas en ese campo. Es infinitamente más rentable tener en los centros a técnicos informáticos a tiempo parcial que nos ayuden a concretar el formato final de nuestras plataformas, hacer nuestras páginas y poner en marcha los recursos necesarios que formar a profesores más allá de donde se debe en detrimento de otras competencias. Porque un sociólogo, un economista o un psicólogo saben de estadística, pero no diseñan los paquetes, ni formalizan las condiciones de los programas a aplicar. Dialogan con el estadístico en un marco de necesidades a las que hay que dar respuesta.

Permítanme un pequeño juego que espero nos haga caer en la cuenta de lo que digo ¿Se imaginan ustedes a jueces, fiscales, especialistas médicos u otros reconocidos profesionales aprendiendo a diseñar y mantener sus blog institucional, a diseñar su programa de gestión de historias clínicas o del manejo e intercambio de expedientes judiciales? Imagino que habrán esbozado una ligera sonrisa.

Porque sabemos de  contenidos curriculares, de alumnos, de familias, de didáctica, de psicología, etc.; nos hemos formado ampliamente en todo esto que sigue siendo necesario y que, en algunos casos, se está descuidando su actualización. Nuestro caso no es el caso de profesiones cuya formación inicial haya quedado obsoleta y para los cuales haya que hacer planes de reconversión. En absoluto.

No quisiera que eso pareciera un alegato contra nada, menos contra las nuevas tecnologías, las cuales uso con gusto y de las que defiendo su necesaria competencia. Sí pretende ser algo es una llamada a evitar los excesos. Hay muchos y en educación no íbamos a ser menos. Tenemos inundados nuestros cerebros de mensajes sobre lo excelente de ciertos temas, metodologías o habilidades, como si hasta ahora las cosas no se hubiesen sacado adelante con elevada eficacia. Tenemos buenos profesionales en tantos campos que me remito a ellos como prueba de la bondad mejorable del sistema educativo y de quienes lo componemos.

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