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Encontrémonos en nuestras diferencias

La mayoría de nosotros hemos sido educados para cumplir con los requisitos que algunos han definido como normalidad. Unos principios que seguimos y asumimos como borregos. Unos patrones que nos asemejan sin sentido, que limitan nuestra forma de mirar. Todo es mucho más sencillo si vivimos igual, si sentimos igual, si actuamos igual. Si hacemos o necesitamos lo mismo, si callamos lo que nos incomoda por miedo a salir de la norma.

Reproducimos una cultura en la que es legítimo imponer, estigmatizar, descartar aquello que consideramos diferente. Rechazamos todo aquello que se aleja de esos parámetros, de esas costumbres, del molde que han establecido para nosotros.

La diferencia nos incomoda, nos produce inseguridad, nos hace vulnerables. Es mucho más fácil cargarla de etiquetas, de prejuicios, de silencio. Hacerla invisible, condenarla sin sentido, construir muros para hacerla desaparecer. Si no la vemos creemos que no existe.

Todo es mucho más simple si no salimos de la norma, del camino, de lo que algunos han definido como lo ordinario. Esa normalidad que nos carga de absurdo, nos priva de conocer, nos hace mucho más pequeños. Que nos convierte en miserables cada vez que giramos la cara a la realidad.

La diferencia nos da miedo porque cada vez que la hemos sentido en primera persona nos ha dejado marcada la piel. Nos ha castigado con frustración, con exclusión, con censura. Nos ha hecho salir de la casilla de salida con desventaja, vivir en un mundo paralelo, volvernos etéreos. Soportar miradas que no entienden, que condenan sin sentido, que engrandecen complejos y nos llenan de rechazo. Por eso cuando la vemos cerca optamos por convertirnos en testigos silenciosos del dolor que otros sienten, en seres miserables con pavor a volver sufrirla.

A la diferencia no se le hace frente únicamente con recursos sino con respeto, con ganas de conocer, de saber, de compartir. Cambiando conductas, trabajando por una equidad real, flexibilizando los sistemas. Sin itinerarios excluyentes, sin excusas de presupuestos, garantizando el éxito para todos. Con adaptaciones que respondan a necesidades reales, rompiendo fronteras sin sentido, potenciando fortalezas. Con un trabajo de normalización real, con una educación que nos haga libres.

Utilicemos la EDUCACIÓN como el arma más poderosa para reinventar la sociedad, para dejar de normalizar el rechazo. Una sociedad que mire la diferencia con empatía, libre de recelos, sin comparaciones cualitativas. Con ganas que nos sorprenda, que nos enseñe, que sea compartida. Que no permita que existan mundos paralelos donde se aísla, se castiga, se desaparece.

Un respeto que empiece por uno mismo y se extienda a los demás. Que se practique y se exija a partes iguales. Con el ejemplo como el mejor de los aliados, con la tolerancia como mejor instrumento. Porque el derecho a la igualdad no hay que merecerlo, ni ganártelo, ni esperarlo, ES UN DERECHO.

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